Convento, monasterio, presidio, cementerio, entorno de prostitución, linde con la antigua entrada a Valencia, enorme biblioteca, garaje improvisado, guardián de reliquias… la iglesia de San Agustín arrastra una larga historia hasta llegar a la imagen actual, fruto de la reconstrucción guiada por el arquitecto Javier Goerlich Lleó en 1940. La construcción que ahora se contempla en la plaza del mismo nombre apenas desvela su extenso y complejo pasado.
Precisamente el nieto del arquitecto, Daniel Benito Goerlich, catedrático de Historia del Arte en la Universitat de València, recopila en imágenes, notas y memoria ese legado histórico. Lo ha hecho hasta tal punto que se ha convertido en referente testimonial para analizar la evolución de un templo (denominado oficialmente de Santa Catalina y San Agustín) que, en sus orígenes, se hallaba fuera de las murallas de Valencia (extramuros), tras reconquistar Jaume I la ciudad (por entonces llamada Balansiya).
Los agustinos se instalaron en la nueva urbe recuperada para el Cristianismo en el mismo siglo XIII. Lo hicieron en una pequeña ermita dedicada a San Pantaleón y Santa Ana que rehabilitaron, ya a principios del siglo XIV. Fue el fraile Francisco Salelles al que se le atribuye la fundación del convento. Su sepulcro permaneció en este mismo lugar durante siglos, hasta que, en la desamortización de bienes eclesiásticos del siglo XIX, pasó al museo del Carmen. Goerlich (nieto) lo tiene localizado y aboga por su reintegración al lugar original.
Báculo y sepulcro
Avatares más complejos incluso afectaron al báculo de San Agustín, que también era conservado en un recinto, el de Valencia. que se convirtió en fundamental para la orden de los agustinos. Aquella reliquia constituía un imán para numerosos peregrinos. Posteriormente, también en el siglo XIX, fue trasladada al museo de la Catedral dentro de un relicario.
Estos datos resultan casi anecdóticos entre los múltiples hechos que le sucedieron al convento, que, con la nueva muralla de finales del siglo XIV, pasó a formar parte del intramuros de Valencia. Una de las puertas de la ciudad daba a lo que en la actualidad constituye la esquina entre las calles San Vicente y Guillem de Castro. El campanario, por aquel entonces, se encaraba hacia ese punto.
Con el paso de los siglos fue ampliándose y su biblioteca, para una congregación tan prolífica en la escritura, se convirtió en referente. Daniel Benito Goerlich la llega a describir como “la más grande de Valencia”, hasta que fue destruida, como tantos otros lugares de la ciudad -con el Palacio Real como principal exponente- durante la invasión francesa, a principios del siglo XIX.
Claustro y chimenea
Del mismo modo resaltaba el claustro, ubicado donde en la actualidad se encuentra el jardín que da a la calle de Nuestra Señora de Gracia, de la que Benito Goerlich destaca la devoción que ha existido durante siglos en Valencia. Otro elemento distinguible era la chimenea del convento, que renombra como Fumeral la actual calle Quevedo por el humo que emanaba de sus cocinas.
El cementerio de San Martín igualmente integra una porción secular del pasado del espacio religioso, que antes y después del a Guerra Civil se hallaba en el cogollo del gran prostíbulo en el que se convirtió ese entorno de Valencia. También, al principio de la conflagración bélica cainita, llegó a ser utilizado el interior de la actual iglesia -a la que durante muchos años se entraba por la calle Huesca- como garaje. Del mismo modo sirvió provisionalmente, en una parte de sus instalaciones, de presidio con unas líneas de actuación innovadoras para rehabilitación, donde el principal castigo era la obligación de permanecer en silencio.
Todo cambió con la remodelación dirigida por Javier Goerlich Lleó, que propició el templo de San Agustín del modo en que se conoce en la actualidad. El inmenso legado que atesora lo ha relatado con pedagogía Daniel Benito Goerlich en conferencia desarrollada en el Ateneo Mercantil que estuvo, por cierto, abarrotada de público.

