Nino Bravo apenas necesita presentación. Sus canciones, repetidas generación tras generación desde mitad del pasado siglo, lo hacen por él. Las letras y entonación de Noelia, Un beso y una flor, América, Cartas amarillas, Libre o Te quiero lo evocan a diario en miles de lugares. Su precoz muerte en un trágico accidente de tráfico un luctuoso 16 de abril de 1973 no opacó un ápice ni su figura ni su legado.
Artistas de todo el mundo tratan de recrear su singular y potente voz o le rinden homenajes y tributos aprovechando el tirón y empuje de sus canciones. Su personalidad, generosa y orgullosa de su origen valenciano, ha dado pie a estudios profundos como el desarrollado por Salvador Ortells.
Este último, en una conferencia sobre Nino Bravo en el Ateneo Mercantil de Valencia a la que asistieron la hija y el nieto del casi legendario cantante, ha pedido incluso que el aeropuerto de Manises sea rebautizado con la denominación artística de Luis Manuel Ferri. Mientras, se mantiene la incógnita de exactamente dónde estará el museo que la ciudad de Valencia le dedicará y con qué medios contará después de no haber cuajado su desarrollo en su municipio natal.
El hecho de hallarse esta última en la montañosa comarca de la Vall d’Albaida, alejada de la metrópoli, ha supuesto también un factor que ha limitado la peregrinación de seguidores hacia la génesis del artista. De ahí la intención de que sea la capital autonómica la que le rinda homenaje con un espacio museístico adecuado a su prestigio.
Ópera y descendencia
Por su parte, Manuel Penella nació 64 años antes que Nino Bravo, en 1880. Lo hizo en la misma capital, donde también estudió Música con su propio padre, del mismo nombre de pila y director del conservatorio local, y composición con el afamado Salvador Giner. El accidente que le impidió cumplir su sueño de ser violinista no le arredró ni frenó su carrera musical. Empezó en el teatro y dio el salto a América con compañías de ópera y zarzuela. Se casó con la chilena Emma Silva.

En 1903 regresa a España, donde inicia una intensa actividad ya como compositor de renombre. El culmen llegó con el estreno de la ópera El Gato Montés. Lo hizo en Valencia y luego la trasladaría a diferentes lugares del mundo, incluido Nueva York, donde pudieron contemplar y escuchar esa pugna de amores entre un bandolero y un torero que hila parte de la obra.
También compuso piezas que han perdurado, como En tierra España o La Maredeueta, popularizada por Concha Piquer. Falleció, ya consagrado en su profesión, a los 58 años en la población mexicana de Cuernavaca. Dejó una larga descendencia, con una rama centrada en la actuación, como su nieta, Emma Penella, y su bisnieta, Emma Ozores.
