Si se busca el aspecto positivo, puede constituir una guía para recorrer el conglomerado histórico de la ciudad. Por ejemplo, la primera frase antes citada corresponde al capítulo titulado La sombra del muerto en el palacio de Valeriola, y describe el hallazgo, el 20 de septiembre de 1607, del cuerpo exánime de Jerónimo de Valeriola. Ocurrió en el espacio acicalado para su reconversión en el actual Centro de Arte Hortensia Herrero.
Este tramo literario recrea el interior de un inmueble que sirvió también de sede del diario Las Provincias y que todavía atesora vestigios del primigenio trazado romano y de la judería medieval. Queda incluido en el libro para recuperar una historia que narra la escalofriante práctica de ‘encarar al muerto’ frente al posible homicida.

“La Justicia exhumaba un cadáver y lo encaraba o colocaba encima del presunto culpable. Se creía que el difunto reaccionaba con un movimiento ante su asesino”, describe el abogado y divulgador Juan Francisco Ferrándiz de este modo la truculenta práctica.
Y del palacete de la calle del Mar puede atravesarse la plaza de la Virgen, enlazar Caballeros y desembocar en la de la Valldigna, donde se ubica el célebre arco sobre lo que era un portal abierto en el siglo XI sobre la muralla.
“A principios de octubre de 1629 empezaron a ocurrir cosas extrañas en el palacio alquilado por el juez. Al principio eran ruidos, pero luego se vieron formas espectrales que, según los cronistas, eran fantasmas”, relata el autor para recapitular lo ocurrido en la casona de los nobles Frígola alquilada por Juan Bautista Polo, doctor en leyes y oidor del justicia criminal. La historia también queda liquidada con un final dramático en esta habitáculo junto al portal.
Fantasmas y duendes
Los fantasmas en el antiguo hospital La Cigüeña, en la Alameda, igualmente merecen su capítulo, al igual que ‘la casa de los duendes’, en la calle del Esparto, con los fuertes ruidos procedentes de su interior que paralizaban a los viandantes. Las torres de Serranos adquieren su protagonismo al retrotraerse la recapitulación al siglo XV, cuando servían de cárcel.
“En las noches de invierno, frente a la lumbre del hogar, las familias valencianas contaban la historia de la ventana del diablo, esa que se abría sola y que tapiaron en la calle Forn del Vidre”, cuenta en otro capítulo, dedicado a esa historia y ubicado entre Gobernador Viejo y Trinquet de Caballeros.
Otro enclave para buscar (aunque ya no existe como tal): El palacio de los señores de Náquera, en la plaza de Cisneros, cerca de las anteriormente citadas torres de Serranos. Desde allí su titular presenció el pasado de la comitiva fúnebre en la que portaban su féretro… pese a que él estaba vivo.
Iglesia, convento y juegos
La iglesia de Santa Mónica, o el convento de la Trinitat, con Isabel de Villena a modo de testigo, también forman parte de estas páginas, que recuperan tradiciones como el juego de la tarongeta, que consistía en introducir una naranja en un agujero y competir por ver quién la ensartaba con una lanza, una caña o un palo largo.
Dragones, barberos, un espacio tan emblemático como la Lonja… las escenas prosiguen en lugares céntricos de Valencia que bien pueden compilarse en una ruta, quizás la que el propio autor ofrece tras el relato de hechos y leyendas, o quizás otra que el lector idee según le interese más un hecho o una edificación concreta.
