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Relato: Firmando libros en Carrefour

Los hombres desean siempre la novedad, de tal manera que, aquellos a los que les va bien, desean un cambio tanto o más que aquellos a los que les está yendo mal.

Por El Meridiano L'Horta
Firma de libro

Escrito por: Jesús Piquer Bestuer

-Tu voz hecha besos ha dejado mis oídos huérfanos, tus palabras llenas de amor y cariño acariciaban mi piel. Es por eso que pido al cielo de los soñadores, al cielo de los locos, al cielo de los que nunca olvidan, que tu memoria, amor mío, viva por siempre en mi recuerdo.
-¡Ya está Abundio delirando de nuevo! – exclamó Cornejo.
-Déjalo tranquilo, ¿es que vosotros nunca os habéis enamorado?
-Cuéntanos algo, Fabricio. Dijo la Princesa de los labios de fresa.
-¡Eso, eso, que nos cuente por qué lleva aquí encerrado desde niño!- gritó Inframán.

_ «Era un niño que con un puntero láser jugaba.

Habitación cerrada, brasero encendido, botella Anís del Mono al suelo echaba y hecha añicos quedaba.

Mareando andaba a un gato negro que por allí asomaba.

Con el único afán que se cortase con los cristales, pues verle sufrir me regocijaba.

El felino se cortó, ¡miauuuuu!, y me miró fijamente a los ojos, muuuuy fijaameeenteee, mientras se lamía la doliente pata.

De pronto me vi envuelto en una nube de humo negro, que al inhalarlo provocó que me desplomara.

Abrí los ojos de golpe y al tratar de incorporarme me corté con un cristal del Mono que por allí estaba.

Lamí la herida doliente de mi mano y cuando miré hacia arriba, sobre mí había un niño que con un puntero láser jugaba.»

Todos quedaron enmudecidos.
¿Quién era ahora el niño y quién el gato?.

-Lo importante es saber lo que los demás no saben que sabes. Susurró el Filósofo.

A lo que Abundio contestó:
-La neutralidad y la inacción es el refugio de los cobardes.
Y añadió:
-Me voy.

-¡Doctor, doctor Tamarit. Abundio se escapa del psiquiátrico!. Gritó el Pija, paciente que a su vez hacia de conserje en el centro de salud mental.

Abundio Bru Culi escapó, escapó por una ventana y se fue directo al metro. Rompió la ventana de la inseguridad y del miedo mediante su osadía.

Se atrevió a salir de su vida. Con su camisa negra, gafas de vista y un ejemplar de «La sombra del viento» de Carlos Ruiz Zafón bajo el brazo.

Al bajar del metro se dirigió a una peluquería.
-Quiero que me corte el pelo como el de este señor. Mostrándole la foto de Zafón en contraportada.
-Pero, ¡si está prácticamente calvo!
-Y quiero que me deje perilla como él.
-Ufff. Los hay raritos.

Cuando Abundio salió de la peluquería se acordó de que no había probado migaja desde el desayuno. Buscó en las papeleras y alcorques circundantes. No le costó mucho dar con medio bocadillo de mortadela que algún paseante ahíto había arrojado. Lo deglutió con avidez, aunque estaba algo agrio de sabor y baboso de textura. Una vez recuperadas las fuerzas se dirigió a Carrefour.

A tres manzanas de distancia.
-¡Furcia, perra, ramera! Mira cómo has dejado mi camisa blanca. ¿A eso le llamas tú planchar?

Una jovencita bonita, rubita y sin muchas luces, salió disparada del piso diciendo: «¡Te juro que me voy a acostar con el primer hombre que encuentre! Y sonó un tremendo portazo.

La jovencita llegó a Carrefour justo a las 19:00 de la tarde, puso una piña boca abajo en su carro y empezó a pasearse como quien está en un «boulevard». Estaba tan apurada de dinero que se había presentado a las pruebas de una peli porno justo la pasada tarde, y sin apenas darse cuenta había salido de la casa de su novio con la misma ropa del metraje: minifalda cinturón, zapatos rojos tacón de aguja, y un top negro muy ajustado.

En eso que Abundio entró en Carrefour. El seguridad lo miró sin observar nada peligroso o amenazante. Anduvo silencioso entre la gente. Pasó por la sección de lácteos, cogió una docena de panacotas y un litro de leche fresca President para beber. Avanzó hacia su estrado. La zona de lectura, libros y discos.

Por la zona de congelados, la joven rubita Tiburcia empujaba su carro con la mente muy lejos de allí. Se sentía cansadísima por las sentadillas que tuvo que hacer ayer.
-Voy a ver qué cuentan las revistas. Se dijo.
Y se dirigió hacia la librería.

Mientras ojeaba el Hola se dio cuenta de que un hombre joven la observaba fijamente. A ella o a su piña, pensó. Apartó la vista inmediatamente y se fijó en que a lo lejos había una oferta de «cruasans», siete medianos un euro. Su estómago rugió como un león.

La cuestión es que seguía mirándola. Estaba sentado detrás de una especie de biombo o estrado de cartón. Haciéndose la sueca, avanzó hacia el joven. Empezó a ponerse nerviosa ante la posibilidad de hacer el amor con un desconocido. El estrado tenía unas letras pegadas:
HOY EN CARREFOUR FIRMA DE LIBROS CON CARLOS RUIZ ZAFÓN.

Ella rompió el hielo.
-¿Es usted el escritor?
-Sí, (risa nerviosa), sí. Soy Carlos Ruiz Zafón. El que firma hoy. ¿Cómo se llama usted?. ¿Quiere que le firme un ejemplar de mi libro: «La sombra del viento»?
-Tibur, me llamo Tibur, pero no me llame de usted, por Dios.
-¿Qué escribes?
-Ficción. Sí, ficción. Es la historia de Zacarías, el Penitente, y de su sombra al viento. Lo he redactado en escritura semiuncial y en sánscrito para que parezca antiguo.
Es la historia de uno de los heresiarcas de Uqbar. Viene a decir que los espejos y la cópula son abominables pues multiplican el número de hombres.
La editorial me ha mandado hoy aquí. ¿Lo ha leído?
-No, qué va, no me gusta mucho leer. Prefiero ver telenovelas de amor turcas.
-Ah, bueno. Pues déjame tu lista de la compra y te la firmo gratis. (Risitas van y vienen).
-Pues hazte famoso, a ver si vendo la lista con tu firma y me hago rica.
Oye, esto no lo entiendo, Carlos. En la contraportada dice que estás muerto, con 55 años, pero si no aparentas más de 30.
-No hagas caso, son cosas de la editorial, del departamento de ventas para la promoción del libro. Tú ya sabes cómo funciona todo esto, cuando uno está muerto vende más fácil.
-Me parece extraño. Todo esto es muy raro. ¿No me estarás tomando el pelo, con eso de que soy rubia?

Abundio se mira nervioso sus calcetines grises con una banda color verde aguamarina y otra banda color salmón. Se los sube casi hasta las rodillas y contesta.
-No. Por supuesto que no. Eso es cosa de los de tipografía y diseño. Deben de estar ya arreglando la errata. Maquetaron mal el Autocad y se ve que la contraportada no entraba en el Protools. Pero, para la siguiente edición, la deluxe, estará todo solventado. Te lo aseguro.
-Mmmm… Vale, vale. Es que era raro que así sin más te hayan matado. (Risas).

En eso que Abundio recuerda su postre favorito de nata cocida y exclama:
-¡Y de promoción regalan cuatro panacotas por cada libro!
-¿Ves, Carlos? Las panacotas sí que me gustan, pero no tanto como tú.

Abundio se guardó cuatro panacotas en el pecho, debajo de su camisa negra, cogió de la mano a su rubita y salió del centro comercial de manera silenciosa, sin llamar la atención, tal y como había entrado.

Sonreía, como un niño rarito sonríe al ver pasar el bus, estaba tremendamente satisfecho, pues sentía que había encontrado su lugar en el mundo.