A pesar de situarse sumamente céntrico, entre la plaza de la Reina y la calle Avellanas, pasa totalmente desapercibido. La calle que lo acoge revela de manera abierta su contenido en el rótulo que muestra al inicio y al final de la estructura en forma de ele que conforma. Se denomina calle de la Presó de Sant Vicent. No obstante, nada atrae a introducirse en esta vía urbana de poco más de dos metros de anchura.
Carece de bajos comerciales. Lo más parecido resulta la cristalera del pub irlandés Finnegans. Tampoco contiene portales de acceso a sus viviendas, que se encuentran en la antes citada Avellanas o en la calle del Mar. Faltan atractivos para recorrerla.

No obstante, en el ramal más cercano a la antes citada Mar, a medio camino entre el codo o vértice de la calle Presó de Sant Vicent y aquella, un portón de madera compacta y oscura llama la atención. A la derecha, en la parte superior, un azulejo muestra una inscripción que anuncia que el lugar constituye la “capella/presó de San Vicent Mártir, patró de la ciudad de Valencia’. El polvo que inunda la yema del dedo al pasarlo por la repisa de sus ventanucos demuestra que ese portón no se mueve con regularidad.
“Abre el día de San Vicente y dos o tres más al año”, confirman desde el Ayuntamiento al preguntar. Lo hacen después de una ardua consulta al tratarse de un espacio bastante desconocido. La web consistorial lo describe como “recinto rectangular dividido en dos tramos por un arco rebajado. El primer tramo se cubre de vuelta rebajada con dos lunetos y el segundo de un cielo raso. Según el Marqués de Cruïlles, las dimensiones del recinto son las siguientes: 7 metros, 30 centímetros de largo por 4 metros, 60 centímetros de ancho, y una altura de 3 metros y 80 centímetros”.

Respecto a la historia del inmueble, continúa afirmando que “1685, este local fue alquilado, dándose en él pública veneración de la columna en que según la tradición fue azotado San Vicente Mártir. Al año siguiente, en 1686, la ciudad adquirió este oratorio a doña Ana de Boil y de Mercader. En 1744 se convirtió en oratorio o capilla, tal y como se conserva. El 22 de enero de 1777 se descubrió el pozo”. Pese a que no se percibe señal alguna de intervención, el Ayuntamiento apostilla en su página digital que “la capilla permanecerá cerrada al público hasta nuevo aviso por obras”.
Trabajan con tanta discreción y el local muestra su interior en tan contadas ocasiones que un veterano camarero del pub cercano, al preguntarle, se sorprende primero de que haya un espacio histórico de esta dimensión junto a su establecimiento, y, segundo, recalca que “nunca lo he visto abierto”.
Respecto al santo, el lugar que abarca las visitas se sitúa en la cercana plaza del Arzobispado y se trata de la Cripta Arqueológica de la Prisión de San Vicente, descrita por el propio Consistorio como “el edificio visigodo que se corresponde con una capilla funeraria erguida en el siglo VI para albergar los restos mortales de algún prelado”. Según esta descripción, fue construida dos siglos después del martirio y muerte de san Vicent.

Este espacio, que sí se puede visitar de martes a domingo, contiene un importante legado cimentado sobre la base del antiguo cardo romano, que entronca con la antigua Vía Augusta y enlaza con los vestigios de la Almoina. Interesante, desde luego, aunque alejado de la historia de la oculta prisión de san Vicent Mártir, ubicada a apenas un centenar de metros aunque escasamente divulgada y herméticamente cerrada.
