1.- Preludio.
Hospital Psiquiátrico.
-¡Estoy harta de ti, Fabricio! _Exclamó Alejandra, la princesa de los labios de fresa.
-Fabricio, eres un prófugo de la evolución, hasta el punto que iluminas cada lugar del que sales. En algún lugar del mundo habrá un árbol produciendo el oxígeno que respiras y merece de tu parte una disculpa. Tengo envidia de la gente que no te conoce. Donde vayas que encuentres la paz que aquí dejas._ Añadió Procopio el filósofo.
-Aquí el único que se ha ido es el tonto del Abundio. Bueno, el Cornejo también está bastante ido o salido, como más os guste. _ Dijo tranquilamente Fabricio.
-Zitto, mi pare sentir odor di femmina. _ Susurró Eufrasio, alias el Cornejo.
-No me queto de entre las mentes, sen Abundio hube mucha soledad. Esmogado me he soledado. _ Sollozó y gimoteó Nemesio.
2.- El Nudo.
Abundio Bru Culi había huido con su nueva amiga Tiburcia la furcia (apodo que arrastraba por eso de la rima desde su etapa escolar).
-Mis amigos me llaman Abu.
-Me gusta tela marinera.
Su ahora expareja Robert Linus andaba metido en asuntos turbios de tráfico de drogas y robos con violencia. Era un hombre corpulento, un matón sin escrúpulos. Al ver que su novia no regresaba fue a buscarla a casa de su madre, una pobre anciana que vivía sola desde la muerte de su marido.
-Robert, ¿qué haces tú aquí?
¿Dónde está mi hija?
-Nunca preguntes a Robert Linus.
-¿Dónde está?
-Eso mejor me lo dices tú.
Y pasó una cuerda por encima de la viga maestra, preparó una soga, maniató a la vieja Fulgencia, la puso de puntillas encima de una silla y empezó a desplazar esta a patadas hacia atrás.
-Dime dónde se esconde y todo esto solo habrá sido una horrible pesadilla.
-No sé de qué me hablas.
-Se me acaba la paciencia, vieja estúpida.
Robert Linus le dio una fuerte patada a la silla y dejó a la pobre Fulgencia colgando.
Mas no se fue. Esperó sentado tras la puerta.
-Tarde o temprano vendrá. _Murmuró.
3.- El paseo.
Abundio y Tibur ajenos a tan magna desgracia paseaban alegremente por enfrente de una pequeña librería de lance.
-¿Entramos? _ Sugirió Tibur.
-Vamos. Estas librerías de antiguo siempre han sido mis preferidas.
Cruzaron la calle a través de un laberinto metálico de automóviles.
Se pusieron a rebuscar entre los montones. Abu buscaba una revelación, una figura, una firma, una nota, un verso, una palabra que le indicara algo. Buscaba la sorpresa que tan solo puede hallarse hurgando al azar entre los polvorientos estantes de la librería. Novelas y más novelas. Cuántas noches había pasado en vela. Palabras que no nacían, folios en blanco que se estrellaban contra sus ojos.
En esto que Tibur vio un libro repujado con el título de Fulgencia: Comedia en tres actos. V. R. de Arellano.
-¿Por qué no vamos a casa de mi madre, Abu? No puedo regresar al piso en el que vivía y tú dices que hay que estar loca para ir a tu residencia.
-Vamos pues. Al fin y al cabo solo somos un pedazo de olvido sin forma. Imperfectos. Perdidos en los oscuros túneles del tiempo.
Eso sí, amor mío, al margen de la mediocridad sin límite del resto de los mortales.
-Me abrumas, Abu, con tus arranques de escritor prolífico. Sabes que tengo el arma perfecta para dejar sin palabras al más elocuente orador.
-Ya Tibur, pero eso se dispara a los ojos, no es un inhalador. A la boca no, a los ojos.
Abundio y Tiburcia se dirigieron a la casa de la madre de esta última, con esa sensación tan agradable de sentir que uno está haciendo justamente aquello que quiere estar haciendo en ese instante.
Abu miraba a su mujercita y veía en ella a una de esas mujeres lánguidas de bellos movimientos, de expresión plácida y suave y de amplia sonrisa. ¿Será esto amor? _Se preguntó.
-Hazme un poema solo para mí. _ Dijo Tibur rebosante de amor.
Los dos iban cogidos de la mano. No podía haber nadie en este mundo tan feliz.
Abu empezó a recitar como un loco, sin pararse a pensar.
-Descubriré abanicos opacos tras la sombra luminosa de tus ojos, abriré la puerta de marfil que encierra el misterio que hay entre tus muslos. Entraré en un templo sin luz de sándalo fósil y algas trémulas. Sentirás el violento trepidar derramándose por tu océano febril. Desvaneceremos el rocío mientras intentamos atrapar ese deseo asimétrico y caprichoso, como figuras de un caleidoscopio en manos de un niño loco y solitario.
-¡Qué bonito, Abu! _Interrumpió Tibur.
-Aún no he terminado:
Miro el purpúreo fluir de tu belleza, mientras las luciérnagas salen de sus tumbas para interpretar su baile fluorescente con lentitud y belleza.
-Te amo, Abu. Y te amaré siempre.
Anduvieron por calles perfectas saboreando el paso del tiempo. Tiempo loco, juguete de un reloj, veleta de un abismo, relámpago trenzado en danza blanca perdido entre las elipses de la memoria. Buscador eterno de la belleza solitaria en museos, conventos y psiquiátricos.
4.- El desenlace.
Caía la tarde. El ocaso se acercaba. La sombra de los árboles se alargaba y trazaba figuras arcanas, como en un museo de escarcha y poesía fracasada.
-Ya estamos. Voy a llamar a la puerta.
-¿Y cómo me presentarás?
-Como mi escritor favorito.
-No abre. Abriré con mi llave.
¡Dios mío!
¡Mamáááááá!
-Rápido, vamos a llamar a una ambulancia.
Se oyó un tremendo portazo.
-No vais a llamar a nadie, tortolitos.
-Robert, ¿qué haces tú aquí?
-¿A ti qué te parece?
-¿Os conocéis?
-Ahora me vais a conocer mejor.
Robert Linus sacó su Magnum 44 y encañonó a Abundio acercándose hacia él con pasos cortos.
-¿Me concedes un último deseo?
-Pero, ¿qué dices?
-Sí, como los reos antes de morir.
-Tú estás loco.
-¿Puedo besar a mi novia?
-Cabrón. Yo te mato ya.
-¿Robert has visto “Amor a quemarropa”?_le dijo Tibur.
-¿Y ahora en qué me sale esta?
Robert Linus avanzó hacia Tibur y empezó a golpearla burlándose de ella, sin dejar de apuntar a Abundio. Este le señaló a Tibur su bolsillo.
Y antes de que Robert Linus pudiera reaccionar sacó un pequeño botecito rosa con llavero de osito que presionó a fondo, rociando un chorro espeso de gas pimienta directamente a la boca de Robert Linus.
-No, a la boca no, a los ojos.
Robert Linus disparó su pistola. Abundio solo sintió un zumbido ensordecedor. La bala se había llevado la parte superior del pabellón auricular. Una línea de fuego puro que le rebanó el borde superior de la oreja derecha, arrancándole un pedazo de cartílago que le dejaba un rastro de sangre y le empapaba todo el cuello.
Robert Linus no tuvo tiempo para más, sus ojos se hincharon y el dolor punzante y cegador lo derribó de rodillas al instante. Se retorcía en el suelo asfixiándose y gritando de agonía. Su boca y sus ojos quemaban como el infierno.
Tibur se agachó con total parsimonia esquivando los manotazos torpes y ciegos que este daba al aire. Le quitó el arma y le susurró a la oreja.
-Te van a arder los ojos unas horitas, al menos eso pone en el prospecto, y no te frotes, pues será peor.
Lo ataron con la cuerda que había utilizado para colgar a Fulgencia y llamaron a la policía.
Milagrosamente esta no había muerto, solo había perdido la consciencia. La cuerda no apretó su garganta, sino que se enganchó debajo de su prominente barbilla.
Una vez reanimada y trás contarle lo sucedido se fueron los tres a cenar al McDonald’s.
Pues bajo el brillo de los neones, el mundo seguía girando con su maravillosa e indiferente normalidad. En ese rincón de plástico y sal, el crujir de las patatas Deluxe y el calor de sus manos entrelazadas fueron su comunión. Cenaron despacio, mudos, celebrando con la liturgia más humilde y prosaica la victoria de seguir respirando juntos.
5.- Epílogo.
Es curioso como el caso de Robert Linus es una muestra más de las extrañas formas mediante las cuales el poder de la providencia o el destino arregla las malas jugadas que acontecen en el mundo terrenal.
