Una de las celebraciones más arraigadas en la ciudad de Valencia la constituye el Corpus Christi. Tanto, que en este 2026 ha cumplido 700 años desde la procesión inaugural para festejarlo, en un lejanísimo 1326 desde el que existe constancia. En estos siglos ha ido incrementando su singularidad y vistosidad, y ha consolidado su desfile procesional como uno de los espectáculos tradicionales más representativos y llamativos por sus personajes o sus imágenes.
Óscar Rueda, ingeniero y profesor de la UPV de profesión y vicepresidente de Lo Rat Penat, académico de la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV), pregonero de las fiestas en 2025 y un largo etcétera de vertientes vinculadas a la historia y costumbres valencianas, lo resume en “arte, danza y devoción que recorre las calles de Valencia”.
No obstante, debido a la proliferación de protagonistas, tanto de personas como de objetos (carrozas, rocas.), hace falta una explicación pormenorizada para foráneos e incluso de cara a autóctonos para disfrutar con intensidad y conocimiento del espectáculo. Rueda la desgranó en una conferencia en la sede de La Rat de la que en este artículo extractamos algunas ideas y referencias.
Fiesta principal de la ciudad
En cualquier caso, vale la pena recordar, como señala este erudito, que “ha sido la fiesta principal de Valencia durante siglos y que partió de una fusión entre Iglesia, pueblo y gremios en la Edad Media”. Además, entre sus singularidades resalta la denominada Cavalcada del Convit o llamada matutina a la participación en la procesión de la tarde, el acto principal del Corpus, que este año se desarrolla en Valencia el 7 de junio.

Una de las principales peculiaridades valencianas consiste en la participación de las denominadas Rocas del Corpus, una especie de carruajes de color oscuro que permanecen durante todo el año en un museo y que el viernes 5 se trasladan a la plaza de la Virgen para su exposición previa.
Cada ‘roca’ ejerce una representación: la Fe, la Fama, Valencia (simboliza a la matrona de la ciudad, con corona de laurel), la de Sant Miquel (que data de 1528 y representa la conquista de Valencia por Jaume I, la de la Purísima (de 1542), la de la Mare de Déu, la de la Santísima Trinitat, la de Sant Vicent Ferrer y, la más reciente, la del Santo Cáliz, que sale desde 2001. Se trata de observar con atención y tratar de identificar los rasgos que singularizan a cada una.
También sorprendentes resultan los miembros de La Degolla, que simbolizan a los legionarios romanos que mataron a niños nacidos en Belén por orden de Herodes I. No obstante, los que participan en la cabalgata tienen un aspecto bastante menos fiero, con bastón de cartón, vestimenta rústica y caras pintadas de colores oscuros. “El carácter valenciano sabe convertir en algo festivo un drama”, apunta Rueda. La clásica ‘poalà’ o volcado de agua con cubos desde los balcones a su paso les acompaña a modo de castigo hídrico.

La Moma es la estrella de la danza, con su vestido blanco, su rostro cubierto e impersonal y su corona de flores que encarna la virtud. Baila entre los siete pecados capitales. “Supone una de las mayores filigranas de las danzas tradicionales”, apostilla Óscar Rueda, que recuerda que siempre hay un hombre bajo ese ropaje.
Els Jagants i els nanos (gigantes y enanos) que representan a diferentes continentes) y grupos de danza como arquers, pastorets, turcs o magrana también llaman la atención. Desfilan tres misterios (Sant Cristófol, Rei Herodes i Adam i Eva) con la recreación de sus personajes, para dar paso a la representación del Antiguo Testamento, entre la que sobresale la figura de Noé (o L’agüelo Colomet), con su paloma de la paz.
El racimo de la Tierra Prometida
Le acompañan Jacob y sus 12 hijos, los exploradores con un inmenso racimo de uva que representa la aclamada Tierra Prometida, el rey David con su arpa, Josué, las nueve heroínas bíblicas que encarnan otras tantas virtudes (Abigail, el valor; Ruth, la fortaleza; Rebeca, la sencillez; Esther, la realeza…) hasta llegar al Ángel Custodio de Valencia.

Luego, el Nuevo Testamento, con los cuatro evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), cada uno con su símbolo (ángel, león, toro y águila); las criaturas del mal vencido (tarasca, cuca fera o dragó) –“para representar que el bien siempre triunfa a través de la Fe”, añade Rueda-, San Nicolás con su barca como defensor de los pobres, el Arca de la Alianza, el Altar del Sacrificio, las tres águilas…

Y ya llegamos a los populares Cirialots, conocidos así por los enormes cirios (2,65 metros y 15 kilos) que sujeta cada uno de los 26 personajes, todos vestidos de un blanco sin mácula, en una tradición que data de 1382 y que representa a otros tantos monarcas. “Es la imagen icónica del Corpus junto a la Moma”, recalca Rueda.
La Custodia de los Pobres o los seis donceles -con espigas y racimos de uva-, ponen el colofón a la procesión del Corpus, un acto que “enlaza a generaciones de valencianos y que implica mucho de recuerdos y amistades”, señala Rueda con cierta nostalgia de su participación como cirialot.
“Se trata de una fiesta lúdica que rememora la historia y que une a los valencianos, y de un legado que debemos preservar”, concluye. Ahora solamente queda, un año más, disfrutar de la procesión y contemplar los detalles de la ropa y los símbolos que muestra cada uno de sus participantes.
