“Él nos quería valencianos y todo lo libres que se podía ser en el siglo XIII”. El escritor Antonio Atienza define de este modo la intención del rey más icónico de Valencia, Jaume I, un monarca, por cierto, al que, según matiza, “ningún pueblo de la antigua Corona de Aragón venera tanto como lo hacemos los valencianos”.
La ciudad recuerda este año el 750 aniversario del fallecimiento del regente que la reconquistó y que le otorgó personalidad propia como Regne de Valencia dentro de la citada Corona de Aragón. Lo hacen la capital y muchas otras localidades, como Alzira, donde teóricamente falleció. Precisamente en esta población el pasado jueves se desarrolló una nueva sesión del ciclo Jaume I – Els documents d’un rei, con una conferencia a cargo de José Ramón Chirivella, presidente de la Associació de Juristes Valencians, titulada ‘El llegat polític i jurídic de Jaume I. Els Furs’.
Retornando a las palabras de Antonio Atienza, en la presentación de su libro ‘Jaume I el conquistador i la configuració del regne cristià de Valéncia’, hizo especial hincapié en la política de pactos de Jaume I para evitar pérdidas humanas en la conquista de territorios. Esa habilidad le permitió superar su escasez inicial de tropas, que el citado escritor enumera en 150 caballeros, 160 almogávares y un millar de peones. “Su táctica consistía en tomar las grandes ciudades para que luego cayeran las pequeñas”, detalló en la conferencia que impartió la pasada semana en la sede de Lo Rat Penat.
Y venció, ya que, como explicaba el autor, “el ejército cristiano estaba preparado para la guerra, al contrario que el reino sarraceno”. Otra clave consistió en que durante su asedio a Valencia tras conquista El Puig “diversos nobles acudieron con sus mesnadas a apoyarlo”. Entonces sus huestes se multiplican y logra que el rey Zayyan abandone la ciudad rumbo al entorno de la actual Albaida.
Después llegaría la toma, por parte de las fuerzas de Jaume I, de Alzira y Xátiva. “En 1245 ya tenía ocupados todos los territorios englobados en el Reino de Valencia y lo logra sobre todo por pactos y nombrando rais o gobernadores, en bastantes casos musulmanes. No obstante, la revuelta de 1247 complicó la situación y provocó las expulsiones de población islámica en 1258”, señala. La opción que ofrecía era simple: “expulsa a los nobles y al resto les da a elegir entre someterse a su vasallaje o marcharse a territorios musulmanes”.
Todo ello en un entorno que, como describe Atienza, “era inseguro y peligroso”. Incluso lo compara con el ‘Salvaje Oeste’ de la llegada de colonizadores a los actuales Estados Unidos de América. Aquí “los vaqueros eran catalanes y aragoneses”, apunta, para deslizar varios matices. “La mayor parte de quienes conquistaron Valencia vendieron el botín que lograron por la victoria y se marcharon. No tenían intención de quedarse. En cambio, la repoblación real fue un proceso por goteo que se alargó 200 años”.
Y pone cifras. “En 1238 -año de la conquista de Valencia- había unas 200 000 personas y fueron expulsadas en vida de Jaume I -falleció en 1276- unas 75 000. En 1272 ya se contabilizan 60 000 cristianos”. No obstante, insiste en que el proceso repoblador “se alargó hasta bien entrado el siglo XIV y que al principio aquí solo venían segundones o desarraigados”.
Por su parte, el ilustre monarca -con una dura historia infantil de orfandad- hacía camino en su objetivo de crear “una nueva nación” dentro de la Corona de Aragón que se configuró, además de con esa conquista, con un compendio legislativo -els furs-, o con esa distribución previa de tierras registrada en el ‘Llibre del Repartiment’.
