Ahora, transcurrida esa década de maduración, su reclamación se centra en que el Plan Especial del Frente Litoral anunciado recientemente por la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, que enlazará la costa urbana de la capital desde Nazaret hasta Malvarrosa, incluya, entre sus numerosos puntos, la separación toponímica.
El problema que ha generado esta última en sus cuatro décadas y media de vigencia consiste en que su extensión ha dado paso a la lógica simplificación. Este hecho supone que pocas personas aludan a Cabanyal-Canyamelar cuando citan la barriada y se queden con la primera parte como el todo, con Cabanyal. Así se desvanece la segunda porción del término, Canyamelar, un espacio también conocido como Les Barraques por la proliferación en sus tiempos -con algún vestigio elocuente todavía- de esta vivienda típica valenciana.
La iniciativa de preservar la nomenclatura y de evitar su olvido, que puede arrastrar a la pérdida de la historia conjunta en el imaginario colectivo, partió de un grupo de personas: Ximo Díaz Pérez, Josep Aledón, Francisco Celdrán, José Ángel Crespo, Manuel Furió, Juanma Navarro o María Amparo Crespo, que lo pueblan como herederos de generaciones pretéritas y en su faceta de oriundas crecidas y forjadas en las calles de este enclave marinero.
Esa singularización, en ese refrendo del enraizamiento, encuentran que tiene más sentido si cabe en la Valencia actual, caracterizada por la masificación de turistas transmutados en nuevos pobladores. Muchos de estos iluminan su nueva vida en una vivienda alquilada a escasos metros del Mediterráneo, en la franja precisamente del Canyamelar, la que comienza justo después del Grao y antes del Cabanyal.
Con suma pedagogía y con una proliferación de artículos en medios de comunicación y participación en actos -e incluso organización de algunos de ellos-, Aledón trata de recordar el pasado específico para que no se diluya en la generalización actual. Lo hace con el objetivo de que la llama de lo cultivado en otros tiempos, de aquel pedazo territorial que integraba el conglomerado de Valencia conocido como Poble Nou del Mar, mantenga su fulgor.
Sus acciones las desarrolla a base de diálogo, intentando siempre escampar la crispación o las críticas escurridas de argumentación y, principalmente, las trufadas de tintes políticos. Y lo hace con suma perseverancia, la que le ha llevado, con ayuda de colaboradores del calibre de Francisco Celdrán, divulgador empedernido del barrio y de la Semana Santa Marinera, a sumar ya una década de defensa de las entrañas del Canyamelar. Esos diez años espera celebrarlos consiguiendo que, por fin, vuelva tener denominación oficial propia y específica, y, así, a citarse en el nomenclátor urbano por separado de su barriada vecina.
