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El viaje de la calle Caballeros de Valencia al templo de Apolo en Delfos

En la calle Caballeros se sitúa uno de los múltiples tesoros culturales de Valencia. O, mejor cuantificado, algunos de ellos. No obstante, existe uno en concreto que se ha erigido como templo del miniaturismo y de la divulgación del legado de la Grecia clásica. Se trata del museo L’ Iber, que exhibe el mayor ejército internacional de soldados de plomo recopilado en un mismo lugar, con alrededor de 100 000 ejemplares.

Por Héctor González
Patio abarrotado del palacete que acoge el Museo L'Iber y en el que Penadés presentó su última obra.

Lo dirige la familia Noguera y entre sus actividades, además de exposiciones temáticas basadas en esas miniaturas, como la de la organización de las legiones romanas por cuyas vitrinas desfilarán hasta noviembre, destacan los viajes organizados y las conferencias. La Hélade -o antigua Grecia- constituye el epicentro histórico de las charlas, trufadas de detalles curiosos y referencias literarias, que desarrolla.

Una de las más recientes la ha protagonizado el periodista Antonio Penadés, licenciado en Periodismo y Derecho y guía cultural por Grecia y Turquía, además de autor de diferentes ensayos, crónicas y novelas, siempre con ese sustrato helénico como trasfondo que tiene un público fiel y numeroso.

Esta última característica de su audiencia la refrendó en un encuentro que celebró recientemente en el patio del museo que acoge L’Iber, ya que abarrotó ese espacio bucólico radicado en las entrañas del palacete del siglo XV que, ubicado en el barrio del Carmen, acoge a tantos miles de soldados de plomo.

Su conferencia relataba uno de sus últimos viajes de alrededor de 2500 kilómetros por Grecia recorriendo espacios que rememoran batallas o enclaves legendarios o incluso mitológicos y que ha plasmado en su último libro, Acrópolis.

Lo hizo, además, acompañado por los documentos y grabados transmitidos por un irlandés que le precedió más de dos siglos en ese itinerario: Edward Dodwell. Y los hiló con la memoria de otro historiador todavía más remoto aunque de una relevancia incalculable, Herodoto, y de un rey exógeno y belicoso con las ciudades estado helénicas como el aqueménida Jerjes I.

Sobre esos cimientos relató sus andanzas por Tesalónica, Meteora (“uno de esos lugares que, por muchas fotos o relatos que observes y leas, siempre son mucho más cuando los pisas”, en palabras de Penadés), entre los montes Osa y Olimpo, el Epiro con el lago Ionnina (donde se hallaba el oráculo más antiguo de Grecia, el de Dodona), el punto del islote de Oxia donde se reunió la denominada Liga Santa antes de la batalla de Lepanto…

“Donde vayas en Grecia se ha producido un acontecimiento histórico que te conmueve”, recalcaba el periodista y escritor ante un atento público hace escasos días… Y así llegó a Mesolongi, donde falleció otro autor sumamente venerado e idealizado (aunque no perteneciera a la Grecia clásica): Lord Byron.

De Lord Byron al Parnaso

Del golfo de Patras pasa al Parnaso, un término que en la actualidad define a un conjunto de poetas pero que durante milenios ha denominado a una zona montañosa y, desde el punto de vista de la mitología helénica, al hijo de Poseidón y la ninfa Cleodora. Allí visitó Delfos, “con el impresionante teatro de Apolo” y una acrópolis “rehecha como castillo por los cruzados y reconstruida como fortificación posterior por los otomanos”.

Beocia, en el centro de Grecia, con ciudades estado del calibre de Platea, Orcómeno o Tebas, fue la siguiente etapa (“desde esta enorme llanura que permite contemplar el Parnaso comprendes que le concedieran un carácter sagrado”).

En esa región también anduvo por Queronea, urbe pretérita y, a la vez, topónimo de la gran batalla que consagró a Filipo de Macedonia como dominador de la región. De ahí surgiría la leyenda de su hijo Alejandro, nombre que comparte con la persona -de apellido Noguera- que resulta la cara más visible del Museo L’Iber, una isla de tranquilidad y evocación de la Grecia clásica en pleno centro histórico de Valencia.

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