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La olvidada torre de San Bartolomé añade un capítulo más a su historia de resistencia numantina

La torre de san Bartolomé constituye una anomalía urbana en el centro de Valencia, junto a la plaza de Manises. O, quizás, si no hubiera sido demolida la iglesia del mismo nombre en 1944, tras un incendio, podríamos considerar que la incongruencia la representa la falta de un templo. Este detalle ha convertido al campanario en una especie de elemento pintoresco en el cruce entre las calles Serranos y Concordia.

Por Héctor González
Torre de San Bartolomé, contemplada desde casi las de Serranos.

Esta situación contrasta con la historia del lugar, que resalta como una de las diez parroquias primigenias con las que reconfiguró, desde el punto de vista religioso, Jaume I la cuidad de Valencia. Administrada por la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén hasta el siglo XV, en el XVII vivió momentos de esplendor con la expansión del templo que se convirtió en su emblema hasta el incendio y la posterior demolición que supusieron su epílogo en el XX.

Únicamente la torre campanario se salvó gracias a la intervención de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos o de la Junta Diocesana, aunque perdió algún metro en su parte superior y quedó adherida al posterior edificio construido, que en la actualidad sirve, en el tramo de la calle Serranos, de dependencias adscritas a la Diputación de Valencia.

No obstante, ha perdido cualquier función más allá de su recordatorio histórico o de haberse convertido en un apéndice viario que sobresale y que llama la atención a quien tiene la mirada más viva o curiosa. Para otros muchos que transitan por ese tramo, móvil, pensamientos o conversación en ristre, pasa totalmente desapercibida, pese a su condición de bien de relevancia local. Ejerce de hito entre el Palau de la Generalitat y las Torres de Serranos.

La torre campanario emerge en un espacio esquinero, adherida a los inmuebles adyacentes.

También carece de función religiosa, ya que la actual parroquia colegiata de San Bartolomé se ubica en la avenida Antiguo Reino de Valencia, un rótulo que parece una curiosa evocación a los orígenes fundacionales de la original, creada casi a la par que el Reino de Valencia.

De ese anonimato la ha extraído esta semana, en cierta medida, el Círculo por la Defensa y Difusión del Patrimonio Cultural, que ha añadido un capítulo más a la estrambótica historia de esta torre huérfana de templo parroquial, que ni ejerce de campanario ni puede ser visitada. Solo asiste impertérrita a la erosión del paso del tiempo y al abandono urbano.

Así resume esta entidad el fruto de la investigación que ha desarrollado, con pesquisas en el Ayuntamiento de Valencia. “Durante décadas ha existido el mito urbano de que la torre era de propiedad municipal. El informe oficial de la Sección de Inventario y Derechos Reales desmiente este punto de forma categórica: la Torre de San Bartolomé no consta como propiedad del Ayuntamiento de Valencia”, apunta.

Un mito desmontado

“El documento desvela un antecedente surrealista: el 25 de diciembre de 1953, la Comisión Permanente del Ayuntamiento redactó un dictamen en el que se recogía que la empresa Inmobiliaria Vasco-Levantina S.A. (constructora de la finca colindante) cedía gratuitamente la torre al Consistorio con la condición de que se habilitara un acceso público directo desde la calle. Sin embargo, aquel dictamen nunca llegó a ser aprobado por el Ayuntamiento Pleno (órgano competente para la adquisición de bienes”, añade.

Tras lo cual concluye que “al no formalizarse la donación ni ejecutarse el acceso desde la calle, la transmisión del dominio jamás se produjo. En consecuencia, al inscribirse la obra nueva del edificio (Plaza de Manises nº 3, Finca Registral 901), la torre de 30,25 m² quedó descrita e integrada dentro de la propiedad privada de la propia comunidad de propietarios del edificio residencial”. Y al no constituir una propiedad municipal, tampoco se ha producido un control de su exterior e interior desde la casa consistorial.

Por tanto, la torre de san Bartolomé solamente se mantiene erguida, incólume en los últimos ochenta años, por su propio espíritu secular de resistencia, que ha vencido a la invisibilidad vial y al olvido institucional. El haber superado ese abandono convierte quizás en más épica su perseverancia numantina, aunque también comporta el riesgo y el enigma de haberse convertido en un misterio aquello que guarda en sus entrañas.

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Héctor González patrimonio Valencia