Acaban de cumplirse 300 redondos años de la defunción, en México, de uno de los valencianos más andarines y aventureros que ha dejado la historia, aunque su fama -un reconocimiento que su orden franciscana. basada en la humildad suprema, suele ahuyentar- no ha dejado huella en su urbe natal. En cambio, en localidades mexicanas como Querétaro una estatua lo reconoce. Y algún estudioso han vinculado su figura a la misma fundación de la ciudad de San Antonio, en la estadounidense Texas.
Su biografía asombra por la fuerza de voluntad que demostraba, su iniciativa para moverse (lo que implicaba semanas de caminatas en aquellos tiempos por tortuosas sendas y entre la selva) allá donde requirieran su presencia, y por su capacidad de enfrentarse y superar el riesgo. Llegó a tal nivel que rubricó hazañas como sobrevivir tras recibir la extremaunción o evitar ser sacrificado por una tribu antropófaga, además de salir casi indemne de duras agresiones físicas a las que respondía con una fe y una tenacidad enorme.

Ya cuando se embarcó desde Cádiz en 1683 -tras apenas un año de sacerdocio en Dénia y Onda- para consagrarse como misionero en América tuvo que soportar una larga y azarosa travesía de 74 días hasta que se plantó en Veracruz, localidad que acababa de ser asolada por la piratería. Simplemente, en su caso, ese hecho constituía un aviso de aquello con lo que se iba a topar. Y casi siempre a superar, según las crónicas que han llegado de aquella época.
Desde allí fue destinado a Querétaro, población en la que forjó su leyenda gracias a denominaciones como la del fraile de los pies alados (emulando al Hermes de la mitología helenística), por sus largos recorridos a pie, o por el milagro del bastón que le atribuyen debido al árbol que habría surgido en el convento de la Santa Cruz en el lugar donde clavó su báculo. En este municipio mexicano, por cierto, sí que han celebrado este mes de agosto el 300 aniversario del fallecimiento de este valenciano nacido en 1657.
De México a Costa Rica
Recorrió gran parte de México y del sur del actual Estados Unidos y tierras por aquel entonces inhóspitas de lo que hoy son Guatemala, Honduras, Nicaragua o Costa Rica. Debido a su carácter inquebrantable, lo enviaban donde había alguna tribu más reticente a la evangelización o incluso violenta ante visitas que consideraban no gratas.
La experiencia más rocambolesca le ocurrió a él y a otro sacerdote que le acompañaba -el padre Melchor- con los indios Talamancas, que los recibieron a base de saetazos y hachazos y les hicieron pasar hambre y sed extremas. No obstante, de ellos fray Antonio Margil de Jesús escribía en sus cartas que “son docilísimos y muy cariñosos: su modo de vivir entre sí, los que están de paz, muy pacífico y caritativo, pues lo poco que tienen, todo es de todos”, o “después de que nos vieron solos y la verdad con que procuramos el bien de sus almas, se vencieron y… nos quisieron poner en su corazón”. A base de perseverancia dio la vuelta a la sartén del destino previsible y los convirtió al cristianismo.
Fundó misiones franciscanas en San Luis Potosí, Zacatecas, Saltillo y Monterrey en México, o el convento de Guadalupe. Falleció precisamente, hace tres siglos, en otro convento mexicano, el de San Francisco (apropiado lugar para un sacerdote franciscano), tras posar sus huellas en miles de kilómetros con su fe y su báculo como cartas de presentación. El 31 de agosto de 1836 el papa Gregorio XVI expidió el decreto que reconoce las virtudes heroicas de fray Antonio Margil de Jesús, por lo que puede llamarse venerable. Su canonización se inició sin concluirse.
Virtudes heroicas
En Valencia, mientras, estudiosos del nivel del historiador Federico Martínez Roda, o centros como la Universidad Católica (UCV) han intentado resaltar su figura en su lugar de origen con alguna conferencia o acción, hace ya de eso algunos años. Ahí ha quedado la tentativa. En cambio, en la ciudad no constan placas ni mucho menos calles dedicadas a su rememorar su legado. Si existe la calle Costa de Marfil, que es lo más parecido que una búsqueda callejera en Google encuentra que se asemeje a las palabras Antonio Margil en Valencia.
Otra figura posterior aunque con cierta similitud aventurera y religiosa, la del mallorquín Fray Junípero Serra, sí que goza de más predicamento y vía urbana y una historia más popular. En cambio, el fraile de los pies alados sigue siendo un desconocido en la urbe en la que transcurrieron sus primeros 16 años de vida y caminó los primeros de sus incontables pasos por el mundo.
