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Opinión

Dignidad frente a Utilidad

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Todos hemos oído decir, en alguna ocasión, que la sociedad actual pone un énfasis exagerado en el concepto de “Utilidad” lo que margina a las personas mayores, a los enfermos o a los discapacitados.

El hecho de que “La Utilidad” se convirtiese en un valor fundamental en nuestra sociedad tiene mucho que ver con el establecimiento del sistema económico capitalista. La esencia de dicho sistema considera al ser humano como una parte más de la máquina de producción. Por tanto, lo considera un medio (un utensilio) para conseguir un fin (producir). Esta concepción utilitarista del ser humano llegó a su máximo tras la segunda guerra mundial. La guerra consiguió (y consigue) degradar todavía más al ser humano ya que convirtió, no solo su trabajo, sino toda su vida en medio. Incluso la muerte fue convertida en medio (recordemos los experimentos realizados en los campos de concentración nazis en “aras del progreso científico”).

Aunque pueda parecer sorprendente, no se ha detenido la carrera de degradación del ser humano. En la era de la sociedad del bienestar, del desarrollo de los derechos humanos, estamos llegando al máximo del utilitarismo, de la pérdida de respeto por lo humano, del olvido absoluto del concepto de Dignidad. Esta cosificación está a la base de muchos problemas de las personas mayores, como el edadismo o la invisibilidad social.

La DIGNIDAD es el concepto opuesto al de UTILIDAD. Decía Kant que cada cosa tiene un valor, una utilidad, y solo la persona tiene dignidad. Y esa dignidad le corresponde naturalmente, independientemente de toda utilidad social o vital.

La dignidad humana es un valor innato que poseemos los seres humanos que no se pierde ni siquiera ante la más grave enfermedad mental, ni ante una conducta inmoral o depravada y mucho menos ante los deterioros producidos por la edad. El ser humano posee dignidad intrínseca, aunque sus acciones puedan ser moralmente reprobables. Por eso se debe respetar la dignidad de la persona incluso ante un asesinato, no sometiéndola a tratos vejatorios, degradantes o inhumanos.

Ahora bien, si nuestra concepción del ser humano es la del “hombre máquina”, cuyo único valor es la utilidad, como si de un utensilio se tratara (de una cosa) podemos llegar a una conclusión muy peligrosa, la de que, igual que cuando una sartén si está muy vieja y ya no nos es útil la tiramos, también podemos hacerlo con un ser humano enfermo o decrepito que ya no es útil, con el riesgo de que ni incluso valga la pena “repararlo”.