Buñol, Colombia o el Colegio Notarial (su padre, del mismo nombre, fue notario) de Valencia lo tienen como patrón. Su prestigio internacional por la labor evangelizadora y defensora de los pueblos indígenas le granjeó una reputación que aceleró su posterior beatificación en 1608, apenas 27 años después de su fallecimiento.
Ese reconocimiento previo a su santificación generó una oleada de festejos en Valencia que Inmaculada Rodríguez Moya, catedrática de Historia del Arte en la Universitat Jaume I de Castellón, ha recopilado en una conferencia que tuvo lugar esta semana en la sede del Palacio de Colomina, recinto propiedad del CEU-Cardenal Herrera y ubicado a apenas una cincuentena de metros de la casa donde nació san Luis Bertrán, junto a la iglesia de san Esteban.
“El siglo XVII es el de los santos españoles y la monarquía convierte esa santificación en cuestión de estado. Las beatificaciones previas se organizan con carácter triunfante. El patriarca san Juan de Ribera ayudó a impulsar la de san Luis Bertrán, con quien había mantenido una estrecha relación”, señala la también experta en iconografía del poder y la fiesta.
“Hubo fuegos artificiales, corridas de toros, justas poéticas organizadas por Gaspar Aguilar -dramaturgo que llegó a ser contemporáneo del entonces beato y que también merece un artículo para recordar el legado que le ha valido nombrar una avenida en la ciudad-, altares efímeros en puertas de iglesias y calles, concursos…”, apunta Rodríguez Moya para describir unas celebraciones que en la actualidad se producirían en muy contadas ocasiones (quizás si algún equipo de fútbol local ganara la Liga o la Champions).

La canonización del dominico valenciano por parte del papa Clemente X en 1671 no se quedó ni mucho menos atrás en realce, con el encargo de 52 retratos a gran tamaño a un destacado pintor italiano para regalar a los arzobispos o fuegos de artificio con recreación de castillos de materiales ustibles a los que simulaban atacar (de ahí lo de castillos de fuegos artificiales) y que ardían con celeridad. En ese nivel de calidad en la reproducción en la Valencia del siglo XVII la catedrática aludió a la legendaria Troya, con caballo invasor de madera incluido.
San Luis Bertrán fue canonizado a la par que santa Rosa de Lima –“la primera santa americana”-. No obstante, este contemporáneo también de Santa Teresa de Jesús, con quien mantenía correspondencia epistolar, y de Miguel de Cervantes -el dominico falleció el mismo año que el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha estuvo cinco semanas en Valencia-, no goza del conocimiento popular que sí lo tiene su compañero de orden, san Vicente Ferrer.
Puede que esta circunstancia se deba a, como apunta el también catedrático de Historia del Arte (en su caso, en la Universitat de València) Daniel Benito Goerlich, “tratarse de una figura controvertida, que fue criticada y presionada”. Ante esta situación el santo respondía con su búsqueda de aquello que consideraba justo. “Si tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Jesucristo”, colocó como lema en su celda.
Quizás este año, con acciones como el ciclo de conferencias en su memoria que terminarán el próximo mes en la sede del Palacio de Colomina, logre obtener mayor reconocimiento en la ciudad que, además de una plaza, cuenta con un barrio dedicado a su memoria: el de la Fuente de San Luis, aunque suele omitirse, al escribirse o pronunciarse, el apellido Bertrán.
