Los ángeles que el tiempo quiso esconder
Durante más de tres siglos, doce ángeles músicos permanecieron ocultos sobre la capilla mayor de la Catedral de València. Su descubrimiento no solo devolvió a la luz una joya del renacimiento, sino también una historia sobre memoria, patrimonio y la forma en que el tiempo transforma lo que creemos perdido
Hay lugares que visitamos sin llegar a verlos realmente. Entramos, miramos a nuestro alrededor, hacemos fotografías y seguimos adelante. Sin embargo, algunas veces la historia nos demuestra que lo más extraordinario puede estar justo encima de nuestras cabezas. Eso es lo que ocurrió en la catedral de Valencia, donde doce ángeles músicos permanecieron ocultos durante más de tres siglos. No eran esculturas, sino pinturas al fresco realizadas entre 1472 y 1474 por los aristas italianos Paolo Da San Leocadio y Francesco Pagano. Los doce ángeles aparecen tocando instrumentos musicales de la época, trompetas, arpas, vihuelas, laúdes, cítares, salteros y otros instrumentos que hoy nos permiten imaginar cómo sonaba la música del renacimiento. Y aquí empieza una historia que, en mi opinión, resulta tan fascinante como las propias pinturas. Unas obras que fueron ocultadas para cambiar la decoración de una capilla terminaron sobreviviendo gracias, precisamente, a ese escondite.
Todo comenzó después de un incendio en la catedral de valencia en 1469, que destruyó parte de la decoración gótica original de la capilla mayor. El entonces arzobispo de Valencia, Rodrigo de Borja, quiso aprovechar la reconstrucción para introducir en la ciudad las nuevas tendencias artísticas procedentes de Italia. Así llegaron Paolo Da San Leocadio y Francesco pagano, encargados de pintar el impresionante coro celestial que todavía hoy podemos contemplar. Sin embargo, dos siglos después, los gustos habían cambiado. En 1674, el arzobispo Luis Alonso de los Cameros decidió remodelar la capilla siguiendo el estilo Barroco. El arquitecto Juan Bautista Pérez Castiel construyó una nueva cúpula de escayola y mármol aproximadamente 80 centímetros por debajo de la bóveda gótica original. Los ángeles quedaron entonces encerrados en una cámara oscura, aislados del exterior y olvidados durante más de tres siglos.
Lo curioso es que aquella decisión, tomada para modernizar el templo, acabó protegiendo las pinturas. La cúpula actúo como una especie de escudo frente a la humedad, el polvo y otros elementos que podrían haber deteriorado los frescos. Y llego el momento que cambió la historia. El 22 de Junio del 2004, durante unas obras de restauración del presbiterio y de limpieza de los dorados barrocos, los restauradores introdujeron una pequeña cámara digital por una de las grietas de la cúpula de Juan Bautista Pérez Castiel. Imagina la sorpresa de quienes miraron aquella pantalla y descubrieron algo que llevaba siglos escondidos. Allí estaban los ángeles. Y no aparecieron como pinturas destruidas por el paso del tiempo. Los colores se conservaban sorprendentemente vivos gracias al aislamiento que habían tenido durante siglos. Ante la magnitud del hallazgo, se tomó una decisión fundamental, desmontar pieza a pieza la cúpula barroca para recuperar y devolver a luz aquellas pinturas renacentistas. La cúpula fue trasladada y reconstruida en otra zona del templo. De repente, aquello que durante siglos había estado oculto volvía a formar parte de la catedral. Pero la recuperación no terminó con las pinturas. También se quiso recuperar su sonido.
En estos frescos, los artistas crearon doce ángeles músicos destinados a glorificar a la Virgen María, representada como figura central de la composición.
Los instrumentos tampoco fueron elegidos al azar. El conjunto combina instrumentos de «música alta», como las trompetas y las chirimías, de sonido potente, con otros de «música baja», como las arpas, los laúdes o las flautas. Aunque en la práctica no todos se utilizaban juntos, en la pintura representan la idea de una armonía universal, como si todo el cielo estuviera formando una gran orquesta. El músico valenciano Carles Magraner, junto con Capella de Ministrers, recreó los instrumentos representados por los ángeles e interpretó música histórica relacionada con los siglos XV y XVI, la Corona de Aragón, la corte de los Borja y tradiciones como el Cant de la Sibil·la. De esta manera, aquellos instrumentos dejaron de ser simples objetos pintados en una bóveda y los ángeles volvieron a cantar.
Esta historia me hace pensar en lo extraño que puede ser nuestro concepto de progreso. En 1674, aquellos frescos dejaron de estar de moda y fueron cubiertos para dar paso a una nueva estética. Trescientos años después, tuvimos que mirar debajo de esa modernización barroca para descubrir que habíamos estado protegiéndola, sin saberlo, una autentica joya. Los doce ángeles no solo representan una parte importante del renacimiento valenciano, también representa nuestra capacidad de olvidar recuperar. Quizás por eso el descubrimiento del 2004 tenga un significado que va más allá del arte. Nos recuerda que el patrimonio no es simplemente algo antiguo que debemos conservar porque sí. Es nuestra memoria convertida en piedra, pintura, arquitectura.
Personalmente, lo que más me impresiona es imaginar el momento en que aquella pequeña cámara digital entró por una grieta y mostró por primera vez, después de siglos. Los rostros de los ángeles en silencio y oscuridad. Nadie sabía exactamente qué encontraría allí. Y sin embargo, al otro lado de aquella oscuridad estaba una parte de la historia de Valencia esperando pacientemente ser descubierta. A veces pensamos que el tiempo lo destruye todo. Estos ángeles demuestran justamente lo contrario, algunas cosas pueden sobrevivir al tiempo, incluso cuando creemos que han desaparecido. Sólo necesitan que alguien vuelva a buscarlas. Y esta historia es conocida por el canónigo de la catedral de Valencia, Don Miguel Bou.
